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JM Estrada: las múltiples caras de la tecnología para el beneficio

No sólo es una empresa en cuanto fábrica de maquinaria. En el otro sentido de la palabra, es también un trabajo esforzado que se ha transmitido por herencia. Uno que con el tiempo se amplía e involucra a más personas.

jueves 05 de marzo | Artículos

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Por Luis Román

Fotografías por Juan José Sánchez Macías

 

Pasado. Del oro al café.

El origen de JM Estrada se remonta a la minería. A fines del periodo colonial, algunas familias tenían minas en Marmato; sin embargo, a consecuencia de la Independencia de Colombia, las minas fueron expropiadas y las familias buscaron otras actividades. Los Ospina, por ejemplo, fundaron en 1865 una ferrería para fabricar equipo minero, antes de verse seducidos por el campo. Pasaron, entonces, a la manufactura de trapiches y la importación de despulpadoras de café. 

Mas eso resultó demasiado costoso, por lo que los Estrada, muy cercanos a ellos, levantaron en 1876 su propia fundición de despulpadoras. Y se dedicaron de cuerpo entero a nueva vocación: la de la tecnología cafetera. (Después, adquirirían la ferrería de los Ospina para, por último, fusionar ambas empresas.) 

Así cuenta la historia, como para los amigos, Jorge Estrada. Jorge es la cuarta generación de este proyecto que comenzó con don Jesús María Estrada. Cuando termina de relatar, muestra el retrato de don Jesús que hay en la pared; enseguida, comparte que “posiblemente son las empresas de familia más antiguas del país, si no es que las más antiguas”. Y luego añade, con mayor certeza: “somos el fabricante más antiguo de despulpadoras”, con una producción ininterrumpida de más de 130 años, en la que todavía intervienen equipos de hace un siglo. 

Así, JM Estrada no sólo es una empresa en cuanto fábrica de maquinaria. En el otro sentido de la palabra, es también un trabajo esforzado que se ha transmitido por herencia. Uno que con el tiempo se amplía e involucra a más personas.

 

 

Presente. De Colombia al mundo.

El día de hoy, la compañía se encuentra en una Colombia que es el segundo productor mundial de arábigos, con 15 millones de sacos al año, por detrás de Brasil, que produce el doble. 230 personas laboran en la planta, en Antioquia, la cual tiene un tamaño de 7800 metros de construcción. Y gracias al empeño sostenido, ésta se ha vuelto capaz de satisfacer sus necesidades por sí misma. Hay un área de ingeniería, encargada del desarrollo de las máquinas y una fundidora, que produce los componentes para construirlas. Finalmente, todo se hace aquí, explica Jorge, “no mandamos a hacer nada a la calle”. 

Aunque las líneas de los trapiches paneleros y los picapastos para ganado son importantes, la principal es la del café. Ésta concentra el 65% de las ventas. Los equipos están destinados al procesamiento postcosecha de la cereza, ese momento tan relevante en que se obtienen las semillas verdes. Entre ellos hay despulpadoras y secadoras para el beneficio húmedo (o lavado), donde el fruto es despulpado, fermentado, lavado y secado; así como trilladoras, que remueven la cáscara de las cerezas ya secas cuando el beneficio es seco (o natural). Actualmente, las máquinas de este tipo son exportadas a 30 países de todo el mundo.

Dentro de su patria, la empresa ha aprovechado el café para participar en el fortalecimiento de la comunidad. Como es bien sabido, la sociedad colombiana ha sido lastimada durante décadas por la violencia asociada con el conflicto armado y el narcotráfico, pero  también ha comenzado recientemente a entrar en un periodo de sanación. El gobierno de Colombia, junto con otros actores, está luchando por implementar un plan para la paz que incluye métodos como la reintegración social de combatientes y la sustitución de cultivos ilícitos. Ambas vías, por supuesto, susceptibles de ligarse al café, uno de los orgullos nacionales.

Ésa es la realidad ante la cual JM Estrada ha tenido la convicción de contribuir a cerrar las heridas. Por eso, de la mano de Naciones Unidas y la Federación Nacional de Cafeteros, sus miembros están instalando una central de beneficio en el municipio antioqueño de Dadeiba, una de las muchas zonas afectadas. El objetivo, dice Jorge, es involucrar a quienes sostenían las armas a fin de que “entren a la vida civil”. Ofrecerles una alternativa de vida. “La idea es que el café, que es el principal producto legal de Colombia, nos ayude a incorporar a esta gente”, agrega. El café, de algún modo, como bálsamo para cicatrizar.

 

 

Por otra parte, al lado de este sentido social ha sido persistente el interés por desarrollar mejores tecnologías. La fábrica tiene una trayectoria que pasa por tres siglos; durante ese largo camino sus integrantes se han preocupado por mejorar el instrumental cafetero. “Mejorar”, aquí, quiere decir hacer equipos que impacten menos en el ambiente y permitan más llegar a cafés verdes de calidad. Equipos que den la posibilidad de continuar los esfuerzos del cultivo y la cosecha en la etapa del beneficio, de tal manera que se trace un camino cuidado, desde la cereza hasta la semilla lista para ser tostada.

De ahí, por ejemplo, la decisión de utilizar acero inoxidable, el material más apropiado para un procesamiento cauto: “Volteamos toda la producción al acero inoxidable porque siempre hay que tener presente que el café es un alimento y debe ser tratado como tal”, explica Jorge. Pero, también, el mejor material para prolongar la vida útil de las máquinas. Esto último se ha demostrado en Kona, importante punto cafetero de Hawái. Allí, JM Estrada introdujo instrumentos inoxidables que superaron la prueba de fuego: resistir el ambiente salitroso. 

Y tal como estos fabricantes han colaborado con otra gente en proyectos en torno al café, lo mismo ha sucedido en cuanto al avance tecnológico. Jorge comenta que con la Universidad de Hawái en Manoa “ha habido un continuo desarrollo de equipos”, “veinte años de un ir y venir de tecnologías”. Lo dice como quien no únicamente habla de los colegas, sino de la historia de una amistad. 

El vínculo con Brasil también ha sido fructuoso. A dúo con Ipanema Coffees, la empresa ha trabajado en el centro de beneficio más grande de allá, en la zona de Río Verde. Una “central para cafés especiales con tecnología colombiana”, la cual es particular por tener una clasificadora de cerezas con base en su color. La historia se repite, a su manera, en Cuba, Puerto Rico, etc., donde el combustible de los adelantos es el intercambio y la cooperación.

 

 

Futuro. De la tradición a la electrónica.

Jorge asegura que “el futuro de este negocio es la electrónica”. Lo sostiene con conocimiento de causa, como quien, en medio de un viaje, sin parar, descubre en el paisaje que se abre enfrente qué ruta tomar. En otras palabras, lo primordial es que las personas que viven de procesar el café empleen herramientas que les permitan desempeñarse en armonía, sin grandes agotamientos. 

JM Estrada apunta, entonces, a ofrecer máquinas que automaticen los procesos en el campo, pero siempre a partir de tecnología sencilla, esto es, tecnología que pueda ser dominada por los cafeteros mismos. Con una secadora automática, por ejemplo, “el cafetero no tiene que estar a las dos o tres de la mañana secando las cerezas manualmente”, continúa.

Mas si ése es el objetivo general, por supuesto que hay criterios que conducen la fabricación de la maquinaria. Son cuatro y consisten en lo siguiente. Según el primero, que Jorge se asegura de resaltar, se debe cumplir con la norma ambiental colombiana. De acuerdo con el segundo, el café producido debe ser de buena calidad. El costo de inversión inicial para el cafetero debe ser bajo, según el tercero. Y, de acuerdo con el cuarto, el costo de mantenimiento de las máquinas igualmente debe ser bajo. De esta manera, se asume que en nuestro mundo la prioridad es la atención al medio ambiente.

Jorge, heredero y continuador de lo que empezó don Jesús, suspende su historia ante otra pregunta sobre el porvenir. ¿Cómo seguir abonando al café colombiano? Su respuesta, que parece fruto de una larga meditación, es sencilla: apostando más a los cafés de especialidad. Lo que el sugiere es aprovechar toda la vitalidad que éstos inyectan a la industria con sus procesos postcosecha innovadores y a veces arriesgados, y con toda la nueva tecnología que demandan. Porque, a fin de cuentas, si son especiales para quienes los producen, serán especiales para quienes los beben.

 

 

colaborador
Luis Román
Luis Román es pasante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y aprendiz de barista en Los Baristas Café. Puedes contactarlo en luis.roman.noguez@gmail.com.

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